Lollapalooza

Cuando la gente me pregunta con los ojos muy abiertos y en voz alta ¿QUE NO TE GUSTA NIRVANA? ¿POR QUÉ NO TE GUSTA NIRVANA? (Nota: yo siempre pienso que debería resultar más aparente), yo no puedo ofrecer ningún argumento válido, al menos en lo referente a lo musical. Al menos ninguno que no sea invalidado de inmediato por mi sagaz interlocutor.

-Pero es que, ¡joé!, es como la mediocridad musical llevada a la exaltación

-Bueno, eso será en tu opinión, a mí sus canciones me encantan.

Argumento 1:

-¡Es que, vaya mierda, canciones de tres acordes!

-¿Y qué? ¿Es que tampoco te gustan AC/DC?

(Vaya, qué cabrón, ahí me ha pillao el tío listo)

De hecho este argumento ni siquiera puedo sostenérmelo a mí mismo si me paro a madurarlo más de cinco segundo. Atendiendo al argumento de los tres acordes, nos quedaríamos sin Smoke on the Water; la cuál es, en esencia, la columna vertebral de mi educación musical.

¡Mierda!

Argumento 2

-Pero si Cobain era un cantante pésimo; y con la guitarra un mediocre.

-Ahí tienes razón, eso es lo bueno. Lo que conseguía transmitir su música sin ser técnicamente un buen músico… No necesitaba más. No hace falta ser un monstruo de conservatorio para que una canción sea una pasada (aquí volvemos al Argumento 1 y entramos en un bucle temporal).

El resto de argumentos son una serie de tópicos que apenas me paro a reflexionar de manera muy crítica porque doy por hecho que son gilipolleces y, aunque no lo sean, está bastante claro que yo no voy a atender a razones.

Que si Nirvana renovó, el rock, que si eran los verdaderos puristas musicales mientras reinaba el frívolo Glam Metal en la televisión. Que si fíjate si Cobain era un auténtico artista que cuando se vio convertido en icono de la MTV tuvo que suicidarse para arreglarlo.

Puede que estos argumentos tuvieran mucho sentido para alguien que llevaba una década asistiendo al declive de la Civilización Occidental y que se adentraba en la década en la que los cuatro miembros de Metallica se cortarían la melena y se engalanarían con abrigos de plumas y sombra de ojos para el libreto de su engendro, Load –que, por cierto, no me parece mal disco -. Algo de lo que ellos mismos nunca se recuperarán del todo.

Lo cierto, con perspectiva histórica y desde una sensibilidad menos integrista y más curiosa –hace años que no me pongo una muñequera de pinchos- es que esto es, en parte, lo que me pone contra Nirvana, contra Cobain y contra todo el espectro demográfico del Seattle de mediados de los 90. Que ellos mismos fueron una reacción a lo que en ese momento reinaba exaltando lo superficial desde Hollywood. Ellos quisieron autocoronarse como los más heavys del lugar; pero al igual que trataron de hacerlo Sid Vicious -el primer Kurt Cobain- y toda la pléyade de punkis de finales de los 70 al otro lado del charco, trataron de hacerlo con una música horrible.

Y yo ni siquiera sabía todo esto hace diez años. Estaba ahí todo este tiempo y yo ni siquiera lo acertaba a entender. No digamos, mucho menos, explicar. Simplemente me parecía una música horrible.

Acostumbrado a la grandilocuencia del metal en cualquiera de sus vertientes; cuando había quedado muy claro desde Queen y U2 que el objetivo del rock era llenar un auditorio hasta que no se pudiera ni respirar. Con luz, fuegos artificiales y confeti. O con la grandilocuencia concentrada simplemente en el mástil de las seis cuerdas, con un riff/solo/riff que convertía a la guitarra en una bomba que desprendía luz, fuegos artificiales y confeti por el amplificador; me encuentro con un sonido mal ecualizado a propósito, deliberadamente depresivo y que se queja con gruñiditos lloricas e ininteligibles de que todo el mundo es idiota menos él y encima tiene que esperar a que mamá ponga la cena en la mesa. Y esto me lo quieren vender la propia MTV y la portada de la Rolling Stone, que el mes pasado traía a Jennifer Aniston.

Lo que yo decía.

Jóvenes fans de Cobain disfrutando uno de los recitales del genio de Seattle

Jóvenes fans de Cobain disfrutando al máximo de uno de los recitales del genio de Seattle

Pero, a ver –me digo a mí mismo-, ¿no puedes aceptar esta mediocridad -o simplicidad- musical bajo ningún concepto pero sí puedes pagar 30 euros por un concierto de Sabina? Que ni siquiera es músico. Puedes disfrutar con la banda sonora de Scarface, con una canción de techno pop de los 80 o con cualquier simple cancioncilla agradable sin pretensiones. ¿Pero no puedes ni siquiera poner el Nevermind por curiosidad? ¿Maná pueden estar bien para un rato pero Soundgarden no? ¿Beastie Boys sí pero NIN no? Y sobre todo, ¿qué sentido tiene? Puede que, entre otras cosas, lo que no me espanta de esas canciones es, precisamente, que no tienen pretensiones.

O puede, simplemente, que cada uno tenga sus prejuicios y punto.

Aunque durante mucho tiempo dije que sí, los discos no son libros. Por muy sectario que quede, no son algo que hay que conocer e incluso analizar antes que rechazar con argumentos pseudointelectuales. Incluso yo me puedo sentir tentado de disfrutar de manera muy básica y superficial con una canción de Riahnna que suena de fondo; pero la música es algo mucho más elevado y visceral a la vez que todo eso.

La verdad sobre mi rechazo a Nirvana, Kurt Cobain y a todo lo que representa está más allá de argumentos lógicos y se sale de las líneas del pentagrama. La música no debe sacar nuestro lado racional precisamente.

Además, ellos odiaban a Metallica y Iron Maiden mientras que yo escribo esto bajo una estantería que contiene todos sus CDs. No quiero decir que sean el enemigo en un sentido beligerante del término. No es que quiera obligarles a que se coman mi cinturón de balas mientras les pincho el costillar con mi guitarra de flecha -ni siquiera hay un cinturón de balas en mi casa y no quiero ensuciar la  guitarra de flecha de mi hermano-. Quiero decir, por decirlo de algún modo, que representan lo que odio. O, mucho mejor dicho, que ellos odiaban aquello en lo que yo creía.

Algunas veces, en la historia de la música contemporánea, la música ha sido lo de menos. El icono del punk, Sid Vicious, a veces tocaba en los conciertos con el bajo desenchufado porque ni siquiera sabía tocarlo bien. Sólo hacía como que tocaba mientras que un público igual de drogado y alienado que el de Lollapaloza del 95 le lanzaba vítores porque llevaba escrito en el pecho con sangre I Want a Solution.

Lo importante del mensaje de Cobain era quejarse porque no te apetecía ir al instituto, porque la universidad que te pagaba papá solo parecía garantizarte un futuro de mierda o porque tus hormonas hierven y te apetece llorar. Ya no digamos de hablar de echarle cojones y salir adelante. No había solo de guitarra ni arreglos orquestales porque eso no era lo que se quería transmitir. En el grunge; el arte, la idea del arte y el artista, parecían estar por encima de todo, incluso por encima de la música. Y a mí no me gusta eso en un grupo de música.

No me gustan los lloricas. Y puede que yo no tenga argumentos musicales muy sólidos, pero tampoco voy a entrar en una discusión con uno de los cínicos miembros de la Generación X -como alguien los definío-.

Are you beign sarcastic, dude?

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